martes, 20 de septiembre de 2016

Sobrevivir

Descubrió muy pronto que escribir era el único modo de sobrevivir, de mantenerse cuerda en un mundo hostil. Su vida estuvo siempre desincronizada y llena de vacíos. Cuando tocaba jugar, fue adulta y no se dio cuenta de que algo faltaba, por eso cuando fue adulta necesitó jugar.

Tomó muy pronto el lápiz entre sus dedos y dibujó, y con la pluma también en ellos trazó palabras con las que llenar los vacíos y conjurar el dolor. Dibujaba paisajes áridos y escribía relatos sin sentido a los que años más tarde encontró significado.
Todo lo que hacemos lo hacemos por algo y hasta el gesto o la palabra más extraños pueden ser traducidos en emoción.

Vivió a destiempo, desordenadamente, como si la vida fuera un viaje por países muy extraños y en cada etapa quienes la rodeaban hablasen idiomas diferentes.

Tuvo miedo, aún lo tiene, y conjura sus demonios a la luz de la vela bajo la que escribe cada noche y cada frase que su inspiración le dicta, es el sortilegio que le permite seguir con vida.


El ocaso

Se han hecho inseparables. Se les ve caminar juntos, mano sobre hombro, cada día y cada tarde. Uno perdió la vista, el otro a su esposa y desde entonces se sostienen, el uno al otro.
Comparten tiempo y espacio, sin otro proyecto que el de caminar juntos hacia el ocaso.
Se conocieron en la residencia en la que el uno vivía y el otro visitaba a diario a su esposa, que necesitaba cuidados permanentes. Mientras ella se alejaba de la vida y de su marido, éste comenzó una entrañable amistad con uno de los residentes a quien nadie visitaba, y que se iba sumiendo poco a poco en la oscuridad.
Y llegó el día en que tocaron fondo, el día en que ambos perdieron definitivamente la luz de su vida. Menos mal que la amistad que fueron tejiendo en los últimos meses, amparó el dolor de la ceguera de uno y la viudez del otro.
Ahora no visita a su esposa, visita al amigo y al encontrarse cada día, le ofrece su hombro para que se sostenga y salen a pasear. Cada mañana y cada tarde, sin faltar un día. Cada uno es el sostén del otro y la amistad es el aliciente que empuja a ambos a tirar de la vida.
A veces, el ocaso desprende destellos de luz.

viernes, 16 de septiembre de 2016

La carta

Siempre supe que lo harías. Bueno, en realidad al principio fue un temor, pero más adelante el miedo fue echando raíces en mí y comencé a tener ese horrible convencimiento. 
¿Por qué no hice nada? Quién sabe, cuando pude no quise y al final lo acepté y ni pude ni quise. 
Mi único deseo es que esperaras el tiempo que yo necesitaba para dejar de ser necesitada. No sé si lo harás así. Si lo habrás hecho. Cada noche temía que fuera la última. Cada amanecer, mi pensamiento era "otro día más". 
Bueno, si alguien está leyendo esta carta, es que ocurrió. Que lo hiciste. Que lo has hecho. Espero que no sea demasiado doloroso para mí ni eternamente doloroso para nadie. 

Nuria

Teresa sale de comisaría envuelta en lágrimas. Prometió a Nuria que jamás abriría la carta que le confiaba, a menos que le ocurriera algo.
Había olvidado ya la funesta carta, que llevaba 3 años en el cajón de abajo de la mesilla de su dormitorio. Fue al volver a su casa, tras el funeral, cuando recordó de repente aquel día y el sobre que su amiga Nuria le había confiado.
Al leer aquella escueta nota, lo entendió todo. Su tristeza, sus ausencias, su silencio, y se maldijo por no ser capaz de interpretar todo ello.
Casi siempre abrimos los ojos demasiado tarde. Tarde para ayudar, para acompañar, para consolar, para curar.

La carta facilitó la detención de él que, como suele suceder, pilló desprevenidos a quienes les conocían y habrían jurado que eran una pareja normal.