viernes, 26 de agosto de 2016

El encuentro

- La quiero. Perdone el atrevimiento señorita, pero debe usted saber que hace tiempo que la quiero. Más de lo que usted pueda imaginarse, más de lo que yo mismo desearía.

La mujer quedó mirando a los ojos de su interlocutor sin saber qué decir aunque intuía que debía permanecer en silencio porque aquel hombre buscaba en su interior nuevas palabras que pronunciar y no era prudente interrumpir.

- Hace dos años que la veo, la miro, la observo y he aprendido a quererla, en la distancia, poco a poco. Ahora cada día la espero y hasta que no llega usted es como si algo me faltara.

- No quiero ofenderla - prosiguió. No la amo. La quiero, y querer es mucho más que amar. La quiero porque se lo merece y eso es todo lo que quería decirle.

Cuando ella supo que él había dicho todo lo que sentía y hubo comprendido el significado de su declaración, le miró a los ojos fijamente, sonrió y dijo "gracias"

Fue un breve e inesperado encuentro. Se veían a diario aunque jamás habían intercambiado más que un saludo "buenas tardes" o una despedida "hasta mañana" En adelante, esas breves palabras irían cargadas de significado.





Muros



El viejo caserón está rodeado de jardines, con pinos que parecen horadar el cielo y palmeras majestuosas. Cuando el viento sopla con furia las palmeras bambolean y sus ramas danzan al ritmo de la naturaleza.

La gente pasea por los intrincados vericuetos que discurren entre la floresta. Caminos estrechos y curvos por los que arrastrar los pies cansados mientras se oyen los jilgueros, que juguetones cantan ajenos a todo. La caprichosa forja de los bancos de hierro compite en belleza con los preciosos rosales.

Diríase que en aquel lugar el tiempo se detuvo dos siglos atrás. Uno puede sentirse en paz si ignora los altos muros que rodean los árboles y los muros en los que desembocan los inútiles caminos. Caminos que no conducen a sitio alguno, veredas que te dirigen al punto de partida.

El tiempo se detuvo para todos y la vida aguarda consumiéndose, entre los muros de piedra y las azaleas de los jardines.


martes, 16 de agosto de 2016

La garrota

Eladio es un hombre viejo. No mayor, viejo. Pasea su cuerpo enjuto y encorvado, trastabilleando debido a una cadera harta ya de soportar tantos años. Eladio camina con el auxilio de su garrota, un palo áspero, tan viejo como él, que talló con el auxilio de una navaja. En la empuñadura, lo que intentó ser la cara de un diablo y a lo largo de la vara un montón de hendiduras, unas rectas, otras curvilíneas, a las que llama "los años de la vida". Por cada cumpleaños una nueva muesca, como el pistolero que suma venganzas.

Eladio transita por la vida a trompicones, dándose cabezazos por culpa de un carácter explosivo e imprevisible. Creció solo, casi anacoreta, excluido de una sociedad que siempre vio en él al loco del pueblo. Desde pequeño le rehuían y él también rehusó siempre el contacto con sus iguales. Nunca hubo cerca de él familiares, vecinos, amigos ni amores. Ni los quiso ni le quisieron y en ese discurrir enojoso por la vida, su temperamento extraño se tornó cada vez más huraño y difícil.

Cada año una muesca nueva, una por cada 365 días a los que sobrevivió "un año más gano yo y aquí me quedo", pensaba desde su amargura. Cada año que pasaba se vengaba de un destino con el que se sentía en disputa.

Poco a poco fue dejando de hablar y unos sonidos guturales expresaban unos pensamientos llenos de amargura. Monosílabos escupidos como una ofensa contra las gentes que ocasionalmente se le cruzaban - Hoj, Hoj- al tiempo que levantaba amenazador la garrota como defendiéndose de un ataque inexistente.

Su mente se fue cerrando, al igual que sus labios,  y unos ojos hostiles y confusos miraban enrededor, intentando comprender un mundo cada vez más incomprensible y aparentemente más hostil bajo el punto de vista de esa mente torturada. -Hoj, Hoj-

Llegó un momento en que precisó auxilio para mantenerse y sobrevivir y fue internado en una institución. Los medicamentos y los cuidados que le dispensan han logrado serenar en parte su agresividad, aunque su mirada sigue transmitiendo el miedo que probablemente ha sido la principal emoción durante toda su vida. De pequeño sufrió el maltrato de un padre severo que terminó desapareciendo y de unos vecinos que trataron de apaciguar a golpes una conducta antisocial y lo que hicieron fue instaurarla. Hasta que descubrió que con una garrota a mano su vida era más fácil; quienes le provocaban dejaron de hacerlo y poco a poco se olvidaron de él. Ese elemento se convirtió en su apoyo y su intérprete. En su defensa y su compañía.

Sigue con explosiones de mal genio y levanta el arma, amenazador, amagando con golpear a cualquiera que se cruce en su camino en los momentos de explosión -Hoj, Hoj-

Eladio es también un fumador empedernido y cada día busca el rincón más alejado del jardín y allí, después de merendar, fuma uno tras otro los 4 pitillos que le dan para todo el día. Bajo los pinos centenarios del jardín, alejado del resto de residentes, fuma sentado en un banco de madera; fuma con ansia, aferrado a los cigarros y a su garrota. Nadie se acerca a él, le temen, y él les teme a su vez. Pero a mí Eladio no me da ningún miedo, y a veces me acerco a él y le digo "echa usted más humo que una locomotora". Me pide con sus gestos un cigarrillo y se lo doy. Me siento en un banco próximo y me fumo otro. Me mira con sus ojos saltones y le sonrío. No me devuelve la sonrisa, pero curiosamente a mí jamás me ha levantado la garrota y eso ya es bastante. Me levanto y me alejo y oigo tras de mí su "Hoj, hoj", que a mí en realidad me parece un "hola, hola" que se hubiera roto con el paso de los años.